Un camaleón entre letras…

17 08 2007

Muy bien… aqui vamos…

Hablar de autores y sus obras puede ser tan simple o tan complejo como el comentarista quiera (o pueda) o, en todo caso y finalmente, como el lector prefiera; el trabajo de filósofos, poetas, escritores, pensadores y opinadores ha sido siempre objeto de disección y rastreo tanto por parte de sus admiradores como por sus críticos.

Se han inventado, por nuestra especial manía clasificatoria, cientos de “estratos de calidad” sobre la base de miles de divisiones de estilo, género y “valor artístico”; hay autores de moda y libros de moda, hay Best Sellers y hay clásicos (algunos también Best Sellers), hay libros fluidos y libros ladrillos, epifanías y pasquines… en fin…

Imagino que, como yo, muchos se benefician de la absoluta ausencia de formación académica formal en lo que al arte se refiere y no porque ella sea “mala” en si misma sino porque, al igual que puede pasarle a un economista, un psicólogo o un arquitecto, inevitablemente, en el contacto profundo y cotidiano de su quehacer como estudiante o como profesional, se desarrollan afinidades hacia determinadas corrientes, escuelas, teorías, etc. con lo que su aproximación a lo que no le es “afín” deja de ser tan objetiva como sería deseable.

En ese sentido es que la “inocente” aproximación que uno, simple lector, hace a los libros y sus autores o al arte y sus creadores le facilita la tarea de recorrer los trabajos bajo la más sencilla de las premisas: “me gusta o no me gusta”; cualquier otra cuestión que la “exploración” pueda traer aparejada es un asunto íntimo y personal y, por tanto, harina de otro costal.

Es inevitable que la lectura de un libro no despierte en nosotros ideas, recuerdos, pensamientos, opiniones, fantasías, etc. pero sobre la base de la premisa que mencionaba, estas “consecuencias” de la lectura no son más argumentaciones con las que uno complementa la experiencia.

Leer, el único vicio que además de producir placer no tiene efectos secundarios perniciosos, (aunque a veces estemos tentados a desmentir esta afirmación), el único ejercicio, (de nuevo), íntimo y personal, que apareja gran cantidad de beneficios, intelectuales, emocionales, culturales y que además nos conecta de manera directa con nosotros mismos y, como no, con “los otros”.

De todas las “artes”, (para generalizar en singular: “El arte”), la que más me apasiona es la literatura pero no por ello dejo de lado a los demás pues en cualquiera de sus manifestaciones está descrita nuestra esencia, desde el punto de vista social, colectivo, del “otro”, en este punto y en este sentido hago mías las palabras de Ernesto Sabato:

El arte es un don que repara el alma de los fracasos y sinsabores. Nos alienta a cumplir la utopía a la que fuimos destinados.

El arte de cada tiempo trasunta una visión del mundo que tienen los hombres de esa época y en particular el concepto que tienen de la realidad. En este nuevo milenio debajo del gran supermercado del arte, como los brotes que germinan después de un largo invierno, se preciben, acá y allá, los testimonios de otra manera de mirar. (…). El hombre no solo está hecho de muerte sino también de ansias de vida; tampoco únicamente de soledad sino también de comunión y amor.”

El ansia de vida y esa condición esencial de comunión y amor me mantienen en el disfrute de un paseo en el que me siento tan cómodo que me mimetizo con mi entorno y encuentro su reflejo, mi reflejo, en las páginas de casi cualquier libro y me descubro, casi sin falta, dibujado apenas, como un camaleón entre letras.


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